La Crucifixión II

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La Crucifixión II

 


 

¿Por quién y dónde fue visto Jesús por primera vez?


Mateo: María Magdalena y la “otra María”, cuando iban camino a contarles a los discípulos.

Marcos: Sólo María Magdalena, no dice dónde.

Lucas: Dos de los discípulos, camino a “a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén”.

Juan: María Magdalena, fuera de la tumba.

 

Entonces, ¿a dónde nos lleva esto, sino a preguntarnos qué idea de Escritura es esta?

Pero, bueno, los cristianos dicen que Jesús tuvo que morir por nuestros pecados. Una típica conversación al respecto, podría ser algo como esto:

Monoteísta: ¡Oh! ¿Entonces crees que Dios murió?

Trinitario: No, no, Dios nos libre. Sólo el hombre murió.


Monoteísta: En ese caso, no era necesario que el sacrificado fuera divino, puesto que sólo la parte humana murió.

Trinitario: No, no, no. Murió la parte humana, pero Jesús/Dios tenía que sufrir en la cruz para expiar nuestros pecados.

Monoteísta: ¿Qué quieres decir con “tenía”? Dios no “tiene que” nada.


Trinitario: Dios necesitaba un sacrificio y un humano no bastaba. Dios necesitaba un sacrificio lo suficientemente grande para expiar los pecados de la humanidad, así que envió a Su hijo unigénito.


Monoteísta: Entonces tenemos un concepto distinto de Dios. El Dios en el que yo creo no tiene necesidades. A mi Dios nunca le ocurre que quiera hacer algo pero no pueda porque necesita algo para hacerlo posible. Mi Dios nunca dice: “Oye, quiero hacer esto pero no puedo. Primero necesito conseguir algo. Veamos, ¿dónde puedo hallarlo?” En este escenario, Dios sería dependiente de una entidad que pudiera satisfacer Sus necesidades. En otras palabras, Dios tendría que tener a un dios mayor. Para un monoteísta estricto esto no es posible, puesto que Dios es Uno, Supremo, Autosuficiente, la fuente de toda la creación. La humanidad tiene necesidades, Dios no. Nosotros necesitamos Su guía, misericordia y perdón, pero Él no necesita nada a cambio. Él puede desear la servidumbre y la adoración, pero no las necesita.


Trinitario: Pero este es el punto: Dios nos dice que Lo adoremos, y nosotros lo hacemos a través de la oración. Pero Dios es puro y sagrado, y los humanos somos pecadores. No podemos acercarnos directamente a Dios debido a la impureza de nuestros pecados. Por ello, necesitamos un intercesor para orar a través suyo.


Monoteísta: Pregunta: ¿Jesús pecó?


Trinitario: No, fue libre de pecado.

 

Monoteísta: ¿Qué tan puro fue?


Trinitario: ¿Jesús? 100% puro. Él era Dios/Hijo de Dios, de modo que era 100% santo.


Monoteísta: Pero, entonces, no nos podemos acercar a Jesús más de lo que podemos acercarnos a Dios, según tu criterio. Tu premisa es que la humanidad no puede rezarle directamente a Dios debido a la incompatibilidad entre el hombre pecador y la pureza de cualquiera que sea 100% santo. Si Jesús fue 100% santo, entonces él no es más accesible que Dios. Por otra parte, si Jesús no era 100% santo, entonces él mismo estaba contaminado y no podía acercarse directamente a Dios, mucho menos ser Dios, el Hijo de Dios o asociarse con Dios.


Una analogía similar podría ser ir a conocer a un hombre supremamente justo, la persona viva más santa, con santidad irradiando de su ser, saliendo de sus poros. De modo que vamos a verlo, pero se nos dice que el “santo” no está de acuerdo en reunirse con nosotros. De hecho, no puede soportar estar en la misma habitación con un mortal contaminado por el pecado. Podemos hablar con su recepcionista, pero, ¿con el mismísimo santo? ¡Ni pensarlo! Él es demasiado sagrado para sentarse con nosotros, seres inferiores. Entonces, ¿qué pensamos ahora? ¿Él nos parece un santo o un loco?


El sentido común nos dice que la gente santa es accesible —mientras más santo, más accesible—. De modo que, ¿por qué la humanidad necesita un intermediario entre nosotros y Dios? ¿Y por qué Dios exige el sacrificio de quien los cristianos proponen que es “el hijo unigénito de Dios” cuando, según Oseas 6:6, “misericordia quiero, y no sacrificio”? Esta lección fue digna de dos menciones en el Nuevo Testamento, la primera en Mateo 9:13, la segunda en 12:7. ¿Por qué, entonces, el clero enseña que Jesús tenía que ser sacrificado? Y si él fue enviado para ese propósito, ¿por qué suplicó ser salvado?


Quizás la súplica de Jesús se explica en Hebreos 5:7, donde se declara que debido a que Jesús era un hombre recto, Dios respondió su súplica de ser salvado de la muerte: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” (Hebreos 5:7, Reina-Valera 1960). Ahora, ¿qué significa que Dios escuchó su súplica”? ¿Que Dios lo escuchó fuerte y claro y lo ignoró? No, significa que Dios respondió su súplica. En verdad, no puede significar que Dios escuchó y rechazó la súplica, porque entonces la frase “a causa de su temor reverente” no tendría sentido como parte de la frase “Dios escuchó su súplica y la rechazó a causa de su temor reverente”.

Entonces, ¿esto no sugiere que Jesús pudo no haber sido crucificado en primer lugar?

Retrocedamos y preguntémonos: ¿Por qué tenemos que creer para ser salvos? Por un lado, el pecado original se considera vinculante, sea que creamos o no en él. Por otro lado, la salvación está condicionada a la aceptación (es decir, a la creencia) en la crucifixión y la expiación de Jesús. En el primer caso, la creencia se considera irrelevante; en el segundo, se requiere. Surge la pregunta: “¿Jesús pagó o no el precio?” Si él pagó el precio, entonces nuestros pecados están perdonados, sea que lo creamos o no.

 

Si él no pagó el precio, entonces no importa de cualquier modo. Por último, el perdón no tiene precio. Una persona no puede perdonarle las deudas a otra y aun así exigir un pago. El argumento de que Dios perdona, pero sólo si se le da un sacrificio que Él mismo dice que no desea en primer lugar (véase Oseas 6:6 y Mateo 9:13 y 12:7), derrapa y da volteretas por la autopista del análisis racional. Entonces, ¿de dónde proviene esta fórmula? Según las Escrituras (las mencionadas escrituras anónimas que carecen de uniformidad manuscrita): no de Jesús. Además, la fórmula cristiana para la salvación depende de la noción de pecado original, y debemos preguntarnos por qué tenemos que creer en tal concepto, si no podemos justificar el resto de la fórmula cristiana.


Pero esa es una cuestión distinta.

 

 

 

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